“¡Tiene la caballerosidad de un mexicano!”

Por Raúl Espinoza Aguilera para Movimiento Viva México

-En resumen, tiene la caballerosidad de un mexicano.

Todavía me resuena este comentario, escuchado en Pamplona, mientras estudiaba un posgrado en comunicación. Fue un período de intensa convivencia con otros periodistas provenientes de diversos países de América Latina y en un original entorno: el norte de España, cerca de los Montes Pirineos y de la frontera con Francia.

El pueblo navarro tiene un carácter franco, fuerte y abierto. Y eso me dio oportunidad de entablar numerosas amistades y conocer más a fondo su vida y sus costumbres. Y, a su vez, ellos me preguntaban con interés sobre distintos aspectos sobre México.

A menudo, conversábamos en las cafeterías, sobre diversos tópicos: algunas veces relacionados sobre comunicación, literatura, música, periodismo, economía… A menudo, nos acompañaban nuestros maestros de la Facultad.

En cierta ocasión, se me quedó muy grabada en la memoria la conversación de un grupo de profesionistas, que se encontraban junto a mi mesa. Cambiaban impresiones acerca de un afamado cirujano, sobre su profesionalismo y su prestigio como médico, su amable personalidad y su categoría humana como padre y como esposo. Uno de ellos, a voz en cuello, concluyó:

-En resumen, tiene la caballerosidad de un mexicano.

Y el resto respondió:

– ¡Con eso, está dicho todo!

Me impresionaron. Y volví a recordar esto el pasado fin de año, cuando, al subirme a un elevador, observé que se acercaba un matrimonio de personas mayores. Les cedí el paso y, a continuación, les pregunté a qué piso se dirigían y apreté el botón de ese piso en el elevador. Dieron las gracias y la señora dijo:

– ¡Cómo se nota que usted es de otra generación! Porque estos detalles de amabilidad ya casi nadie los vive. Más bien, si los que entran al elevador, son adolescentes o jóvenes, mi marido y yo somos materialmente arrollados, empujados, e incluso no han faltado ocasiones en que nos quedamos fuera, sin poder lograr subirnos al elevador, ¡Es una pena que, poco a poco, se vayan perdiendo esas normas de urbanidad!

Entonces, le respondí:

-Cuando me ocurre lo mismo, me pregunto: ¿pero es que sus padres no se ocuparon de ellos para que aprendieran las normas de urbanidad? Bueno, si ellos no tuvieron tiempo o no les dieron la debida formación, yo haré lo que esté de mi parte por explicarles la importancia de los buenos modales. Hay que formar a las nuevas generaciones, pero con paciencia, de bueno modo y amablemente; insistir con una sonrisa una y otra vez… No hay porqué desanimarse, ni verlo como “una batalla perdida”.

-Toda mi vida he sido maestra de secundaria -me respondió ella-. Les he informado sobre literatura, historia, inglés… Pero me faltó tal vez abrir espacios en las clases para abordar estos temas y formarlos en cortesía y urbanidad.

Pongamos todos nuestro granito de arena cediendo el asiento en un transporte público a otra persona enferma, embarazada o mayor; respetando los lugares de estacionamiento para las personas discapacitadas, o bien, el espacio de los transeúntes y bicicletas en las calles; dando el tiempo necesario para que las personas mayores puedan cruzar, a su paso, la amplia avenida…

Entonces, entre todos, convertimos a la ciudad y a toda convivencia, en una ocasión de mantener un trato cada vez más humano y cordial.

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