La educación reduce la violencia

Por Salvador Reding Vidaña para Movimiento Viva México

¿Qué podemos decir que no se haya dicho antes sobre la violencia contra la mujer? No mucho. Lo que sí podemos, sin embargo, es reflexionar al respecto y tomar acciones personales que nos ayuden a todos a cambiar esta realidad.

Entre otras cosas, no debemos dejar que este grave problema del mundo (no de una sociedad en particular) siga sin intentar acciones, personales y organizadas, para reducir la violencia contra las mujeres. La inacción se vuelve, en este y otros casos, una forma de connivencia, de permisividad, de complicidad de silencio.

Estamos inmersos en un mundo de violencias, de muchos tipos y contra muchos. La violencia ejercida contra niñas y mujeres no es la única, pero sí tiene una particular connotación, cuando se practica por el solo hecho de ser lo que son. Esto es lo que la hace distinta. Es la violencia de los varones contra quienes tienen menos fuerza física.

Quizá la principal razón para tan graves conductas es que la violencia es vista por muchos como algo natural, parte de la naturaleza y, por tanto, imposible de acabar, algo con lo que hay que, fatalmente, vivir. Es como la guerra, piensan muchos: desde que la humanidad tiene historia, esta ha existido por afán de dominio, de control, de ejercicio del poder.

Hay quienes suponen que la violencia, la agresividad del macho de cualquier especie animal, son inevitables; que la testosterona domina inexorablemente para atacar a otros y que, por eso, dentro de la humanidad, los varones pelean y atacan a quien sea, según los casos y situaciones.

No deja de haber algo de verdad. Pero el ser humano tiene algo que los animales no: conciencia del bien y del mal. Y puede tomar decisiones sin dejarse llevar por sus instintos.

 

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La violencia física, así como la astucia para el óptimo uso de la misma frente a un adversario más poderoso son satisfactores del ego: ¡yo puedo más! Cuando estas actitudes se asumen sin conciencia es cuando la violencia se vuelve autojustificable, incluyendo la ejercida contra seres mucho más débiles: las mujeres.

Un asunto nada simple de resolver. Lo peor de todo es muchos ni siquiera se plantean el problema de cómo disminuir o acabar con dicha violencia de sexo. Ni siquiera creen que la violencia de todo tipo pueda ser objeto de reflexión.

Pero sin duda este mundo está siendo cada vez más consciente de la importancia de disminuir e intentar acabar con la violencia de sexo, al igual que crece la conciencia de que las guerras deben ser desterradas de la práctica política. Cada vez hay más personas que están decididas a tomar acción para evitar que se maltrate a las mujeres por el hecho de serlo, y más cuando son vistas por muchos hombres como seres inferiores. Hoy, existe mayor conciencia de lo que son los derechos humanos de todas las personas. Y cualquier ataque da vuelta al planeta en minutos, gracias a los medios de comunicación y las redes sociales. Crecen paralelamente los foros donde se proponen acciones individuales o institucionales para evitar todos estos abusos.

Incluso, cada vez está más claro también el concepto de violencia psicológica, verbal, emocional. Definitivamente, ya no se puede alegar desconocimiento ante la violencia contra las mujeres. Algo totalmente inaceptable, como toda violencia. Las legislaciones nacionales en cada vez ms países criminalizan esta violencia contra las mujeres en cualesquiera de sus formas, física o psicológica. Ante esto, una reflexión: las leyes solas no acabarán con este mal. Hace falta, por un lado, ponerlas en práctica, y por otro, crecer en la reflexión personal y cultural acerca de esta situación.

La reducción del delito (incluyendo el cometido por agresión contra las mujeres) sólo se logra con educación en valores, un proceso que empieza en la niñez y debe durar toda la vida de las personas. En tanto no se logre un cambio de cultura, de forma de pensar y de juzgar las propias acciones, habrá hombres que se autojustifiquen en sus agresiones de todo tipo hacia las mujeres.

La principal educación, recordemos, es la del ejemplo. Si los niños y jóvenes ven en su entorno, sobre todo el familiar, que la mujer es maltratada una y otra vez, de hecho y de palabra, que es menospreciada y burlada, cualquier intento para enseñarles que eso está mal será inoperante: la realidad contradice la doctrina.

También, si ven los niños y los jóvenes que hay tolerancia y resignación ante esos maltratos a las mujeres de parte de ellas mismas, que se callan la boca y guardan una fatal sumisión al varón que abusa, menos podrán ser educados en el respeto que la mujer merece.

Así, la educación no es solamente para los varones, para que no maltraten, abusen, exploten y maten a las mujeres, sino para todo. El respeto debe ser exigido como algo inherente a la dignidad de la persona.

Una parte sustantiva de la reeducación es la que se hace a favor de la cultura de la denuncia. Hay muchos esfuerzos en este sentido, pero están siendo insuficientes, no alcanzan a convencer a muchas víctimas. Este proceso de reeducación, afortunadamente, ya viene muy bien encaminado. Faltan más esfuerzos, claramente. Pero la conciencia social viene creciendo en este sentido.

Son muchas cosas las que debemos hacer como sociedad, como humanidad, como comunidad local e internacional, para reducir la violencia contra la mujer, en todas sus formas. Pero hay que apoyar, abierta y públicamente, a quienes individual o colectivamente enfrentan el problema de esta violencia. Hay que promover leyes protectoras de la mujer, hacer campañas orientadoras y establecer programas educativos.

 

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